El trabajo que no cabe en un papel
Para las mujeres de la pesca artesanal, el trabajo es amplio: incluye recolectar algas, desconchar mariscos, encarnar anzuelos, procesar productos, comercializarlos, cuidar a familiares, muchos de los cuales salen a pescar, y participar en organizaciones que toman decisiones sobre el territorio. Muchas de estas labores son fundamentales para que la actividad pesquera funcione, pero no siempre son reconocidas de la misma manera que la captura realizada en el mar.
Rita lo vive en su propia familia. Su especialidad es la recolección de orilla. Se mueve recorriendo sectores cercanos como Queule y Mehuín, y también practica la pesca de estuario, en botes de remo, capturando pejerrey, róbalo y salmón en temporada. Su esposo pesca en mar abierto: corvina, pejegallo y sierra. Como familia, completan el circuito con actividades conexas como el fileteado y ahumado, “La pesca no es únicamente las salidas al mar, sino todas las otras actividades que conlleva”, resume desde su experiencia.
Mujeres de la pesca artesanal.
Foto: Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar | Graciela Escorza
Ese patrón se repite en las cifras. Más de 4.600 mujeres están inscritas en el Registro de Actividades Conexas de Subpesca (2025), que incluye labores como fileteo, desconchado, encarnado y ahumado. Son tres veces más que los hombres inscritos. Según datos recopilados por la RDM, en promedio, cada mujer realiza 7,2 actividades distintas asociadas a la economía del mar, sin contar el trabajo doméstico y de cuidados. De esas 7,2 actividades, solo cuatro generan algún ingreso estable, dejando gran parte de su trabajo fuera del mercado.
Rita llegó a la Corporación Nacional de Mujeres de la Pesca Artesanal de Chile en 2021, tras casi una década de trabajo independiente. Hoy es secretaria ejecutiva de la Mesa Regional que articula a las cuatro comunas costeras de La Araucanía. “El sector pesquero en general fue un espacio marcado por el machismo y la violencia hacia las mujeres, quienes durante años fueron invisibilizadas a pesar de cumplir un rol fundamental en la cadena productiva”, dice.
La corporación, presidida por Sara Garrido, impulsa programas de fomento productivo, regularización de estudios, acceso a licencias y recambio de embarcaciones, especialmente para mujeres rurales con baja escolaridad. Entre sus avances está la Ley de Equidad de Género en la Pesca (21.370), que hasta ahora es el único mecanismo legal que protege las actividades conexas a la pesca, como el faenamiento, tejido de redes y ahumado.
Desde Juan Fernández al continente
A más de 3.000 kilómetros de Puerto Saavedra, en el archipiélago de Juan Fernández, Gricel Rebagliati vive una versión distinta y más solitaria de esa misma exclusión. Desciende de las familias colonizadoras más antiguas de la isla y hace dos años representa a las mujeres en temas de gobernanza marina. En su caleta, dominada por la pesca de langosta, ninguna mujer es hoy patrona de una embarcación langostera: “es una actividad netamente masculina”, constata.
Su rol se construyó desde otro lugar: la conservación. Hace una década, la comunidad impulsó la prohibición de la pesca de arrastre en los montes submarinos del archipiélago y, más tarde, la declaración del Parque Marino Nazca-Desventuradas, cuyo trámite debería regresar próximamente a Contraloría. “Las mujeres cumplimos un rol clave en la socialización de estos temas dentro de la comunidad. Nos encargamos de que la información llegara a cada hogar”, cuenta Gricel. Ese trabajo, explicar puerta a puerta lo que se discutía en las asambleas, contribuyó a construir la organización comunitaria Mar de Juan Fernández, con cerca de 180 socios y siete consejeros titulares.
Gricel, hoy es la única consejera activa de ese espacio. “Desde mi elección como consejera del mar ha sido complejo involucrarme en la toma de decisiones, porque soy la única mujer activa dentro del consejo. Es difícil alzar la voz en un espacio dominado por hombres”, reflexiona.
El cuarto turno: cuidar
Lo que Rita y Grisel describen desde el territorio, la antropóloga del Instituto de Estudios Antropológicos de la Universidad Austral, Catalina Álvarez, lo aborda desde la investigación: la economía del cuidado que sostiene buena parte de la actividad pesquera. “El cuidado es transversal y no lo quiero romantizar. Está asociado también a los roles de género, y eso impacta en el calendario productivo, en el habitar en el territorio”, explica.
La antropóloga entrega ejemplos concretos: mujeres que deben abandonar la caleta porque no hay jardín infantil ni escuela cerca; buzos que, tras quedar inhabilitados por accidentes de descompresión, pasan a ser cuidados por una mujer; o embarcaciones que, tras la muerte o separación de un pescador, quedan a nombre de una mujer que no siempre sabe gestionarlas y termina vendiéndolas o perdiéndolas por desuso. “Todas las dirigentas son trabajadoras, cuidadoras y además dirigentas. Entonces ya tienes tres cargos”, resume. Por eso, advierte, cualquier política que promueva la participación pública de las mujeres debe evitar convertirla en una cuarta carga laboral.
Esta relación entre cuidado y actividad económica también aparece en la recolección de recursos. “A veces, la invisibilidad también te permite cuidar, en términos de la relación con la naturaleza”, dice la antropóloga. Para ilustrarlo, cita el caso de las algas. Cuando su precio aumentó, en 2014, los hombres comenzaron a ocupar un espacio que antes era mayoritariamente femenino. Hoy, la recolección está al borde de la sobreexplotación, porque se ha convertido en un mercado mucho más rentable que hace diez años.
La antropóloga plantea que existe una diferencia entre una lógica de subsistencia y otra orientada a la explotación comercial de los recursos. Reconocer esa diferencia podría contribuir a desarrollar formas de extracción más sostenibles.
Cuando el mar da menos
En Melinka, archipiélago de las Guaitecas, Elsa Purina, pescadora y pequeña empresaria, dueña de una desconchadora de productos del mar y heredera de una familia dedicada toda la vida a la pesca artesanal, describe el otro lado de esa ecuación: qué pasa cuando el recurso principal empieza a agotarse. “El tema de los recursos de la pesca artesanal va colapsando, está colapsando”, dice sobre el erizo, la principal actividad económica de la zona. Para ella es urgente que exista una veda en esa zona para que la especie se repueble, y responsabiliza también a la salmonicultura, que se instala cerca de los bancos naturales con poca fiscalización.
En su caleta, cuenta, cada vez hay menos mujeres pescando. “Cada día va siendo menos. Son bien pocas las mujeres que salen a trabajar a la pesca artesanal”, relata. Se concentran sobre todo en el verano, cuando se recolecta luche y luga. En invierno, el mal tiempo y una superstición todavía instalada reducen aún más su presencia en las embarcaciones. “Si se sube una mujer va a espantar a la pesca, por ejemplo”, es una creencia que aún circula entre algunos pescadores.
A la falta de recursos se suman problemas estructurales. En Melinka, por ejemplo, no existe un sistema propio de monitoreo de marea roja, por lo que los productos deben trasladarse hasta Quellón para su análisis, un proceso que demora varios días. Si el resultado es positivo, el pescador pierde toda la producción. “Nosotros tenemos muchos productos, pero no se pueden comercializar fácilmente”, explica. Este cuello de botella limita la diversificación en lugares que necesitan nuevas oportunidades económicas.
La excepción que confirma la regla
Hay un espacio donde esta dinámica cambia. Según información de Subpesca, en los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO) las mujeres representan más del 51% de los miembros de las comunidades asociadas y ocupan el 50% de las presidencias y cargos de dirigencia. Es un nivel de liderazgo superior al del sector pesquero artesanal tradicional.
Para Álvarez, la diferencia está en las formas de organización. Mientras el modelo sindical de la pesca responde a una lógica industrial y urbana que separó los roles de hombres y mujeres y registra a un solo individuo, las organizaciones indígenas se estructuran sobre bases familiares y comunitarias, con liderazgos más horizontales. “Por eso la ley de pesca invisibilizó el sistema cultural con el que se organiza la pesca artesanal de manera tradicional”, explica.
Al cierre de una jornada de trabajo, ni Rita, ni Grisel, ni Elsa hablan de su labor como una carga. Hablan de continuidad: de un mar que alimenta, un territorio que hay que defender y una economía familiar que depende de su trabajo de recolección, procesamiento, cuidado y gestión. Y, sin embargo, ese trabajo que sostiene buena parte de la pesca artesanal es también el que menos aparece en los registros y menos ingresos genera directamente. Por eso, es uno de los ámbitos menos considerados por las políticas públicas.