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Camila Sosa Villada, escritora: ¿Qué es la literatura sino ir hasta el fondo y después escarbar un poco más
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Entrevista

Camila Sosa Villada, escritora: "¿Qué es la literatura sino ir hasta el fondo y después escarbar un poco más"

La autora argentina de Las Malas visitó Santiago invitada por la Fundación Plagio para una charla magistral por los 25 años de Santiago en 100 palabras, y para presentar la reedición de El viaje inútil (Tusquets). Al día siguiente conversó con El Desconcierto sobre la vergüenza como motor de escritura, los excesos y la impotencia de la literatura.

Por Matias Rojas 10 de abril de 2026 - 21:09

Camila Sosa Villada tiene unos lentes morados grandes que le cubren gran parte del rostro. Le dan ese toque de diva literaria, pero también le permiten ocultarse. Aunque a veces la emoción se alcanza a colar. Ocurre sobre todo cuando habla de sus padres. No es casual: El viaje inútil (Tusquets) abre con el recuerdo de aprender a escribir en la falda de su padre y trazar por primera vez su nombre de varón; mientras su madre fue quien la conectó con la lectura y le conseguía libros cuando sacaba buenas notas.

Esa tensión entre lo que muestra y lo que esconde es el territorio que le interesa a la escritora argentina: lo que no se ve de los afectos y solo puede hacerse carne a través de la palabra.

Vino a Santiago invitada por la Fundación Plagio para una charla magistral por los 25 años de Santiago en 100 palabras. Traducida a más de veinte idiomas, ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por Las Malas (2019) y convocada a festivales en todo el mundo, parece incómoda con el lugar que ese reconocimiento le asigna, incluso de no llegar a sentirse escritora.

Hay una vergüenza que como una mancha no se borra y permanece más allá de cualquier consagración literaria. Insiste en ser nombrada Sosa Villada como un gesto que evoca su origen y la cadena de afectos que arrastra. Fue ella misma quien le llamó la atención -con su característico dejo irónico- a la organización por haber puesto en los afiches solo su apellido paterno. "No creo que a Vargas Llosa lo hubiesen llamado Mario Vargas", aseguró.

Al día siguiente, en esta entrevista, habló de la gentrificación de la literatura, de doce años en el diván psicoanalítico, del fascismo que anida en cada uno. Y de por qué sigue escribiendo aunque esté convencida de que la impotencia de la literatura frente al mundo.

- En la charla magistral decías que no hay nada más peligroso que ser una travesti negra que escribe y que eso se asuma. Pero también sentí que giraba hacia una crítica a cierta lectura académica y periodística que te reduce a portavoz, que te pregunta siempre por lo político, por el origen, por lo autobiográfico, como si no fuera posible preguntarte por el oficio en sí. ¿Esa reducción se mantiene después del éxito de Las Malas, o se agudizó?

También hay buenas intenciones alrededor de todo eso. Supongo que piensan que no estoy preparada para hablar de escritura pura y dura. Entonces me tienen un poco de piedad y hablan sobre las travestis, sobre la prostitución, sobre las travestis en Latinoamérica. A mí me aburre soberanamente, además, porque ya no son los temas que me ocupan. Sucedió en Las Malas así porque la historia se escribió así: un grupo de travestis que se encuentra un bebé en la calle y decide criarlo como si fueran sus madres. No hay mucho más por hablar que eso.

Lo que pasa es que el camino al infierno está plagado de buenas intenciones.

"Es con vergüenza, no es sin. Es con miedo, nunca es sin" "Es con vergüenza, no es sin. Es con miedo, nunca es sin"

- Hablabas de la vergüenza como algo central en tu escritura, pero no como algo que se supera. La impresión que me quedó es que hay una vergüenza de origen que no se borra con el éxito, que sigue ahí porque tiene que ver con de dónde vienes y quién eres. Y también decías que no les dirías a las travestis que escriban para salvarse, porque lo que estás viviendo ahora tampoco es la gran solución, no en este mundo que se está derrumbando. ¿Cómo se convive con esa dualidad?

Cuando hablo del dinero, la gente piensa que estoy hablando específicamente del dólar, de un papel verde que compra cosas. Pero estoy hablando de un afecto. Cuando hablo de la vergüenza, hablo de lo mismo. No hablo de si te sonrojas frente a una cámara o al recibir un premio. Tiene que ver con una especie de afecto que permite escribir desde la vergüenza. Tampoco hay una fórmula para escribir —salvo que seas periodista, que tienes herramientas más claras para armar una crónica, una noticia, una opinión cultural. Pero en la ficción no hay nada de ese orden. La vergüenza lo que permite es estar en silencio, recordar dónde hay zonas en sombras en tu vida social, y escribir, escribir, escribir. Es con vergüenza, no es sin. Es como cuando se dice tengo miedo de amar, tengo miedo de sufrir: es con miedo, nunca es sin miedo.

Camila Sosa Villada C Alejandro Guyot_BN

"¿Qué literatura podría estar alejada de ese ruido? No me lo explico" "¿Qué literatura podría estar alejada de ese ruido? No me lo explico"

- Decías que escribes con el ruido, que en Latinoamérica no existe la opción de aislarse de la realidad para escribir. No está la salida burguesa de irse al campo en soledad y silencio. Siempre está el ruido de fondo: las marchas, los vendedores callejeros, los gritos de vecinos. ¿Cómo entra ese ruido en la escritura?

Hay una especie de gentrificación de la literatura y de cómo pretendemos que somos los que escribimos en Latinoamérica. Lo veía en un documental sobre los barrios gentrificados de México: lo primero que hacen es anular a los vendedores ambulantes porque aman el lugar pero no toleran su ruido, el ruido latinoamericano, el bocinazo. Irte a la montaña a escuchar pájaros cantar, para escribir, es perderte de todo lo que está sucediendo a tu alrededor. No entiendo qué literatura podría estar alejada de ese ruido. No me lo explico. Y no por una cuestión política exclusivamente: son las marchas, pero también son tus vecinos discutiendo. Yo me suicido si no escucho un bocinazo.

- Pero eso implica también una conexión con el otro, ¿no? La literatura como parte de la comunidad y no separada de ella.

No es con el otro, es con tu paisaje. El paisaje te está dictando cómo escuchar, el ritmo de la escritura, qué personajes te pueblan el texto, si necesitas ser más directo o más elusivo, si necesitas una cláusula subordinada o no. No eres un monje tibetano; eres alguien que hace algo con el lenguaje. La relación es con tu oficio, no con una causa.

"La literatura son el padre y la madre" "La literatura son el padre y la madre"

- ¿Qué tan importante son tus padres en tu escritura? En El viaje inútil describes en particular tu relación con ellos, y cómo la lectura y la escritura atravesaron esa relación.

En El viaje inútil lo digo: para mí, la literatura son el padre y la madre. Mientras estuvieron enfermos —mi papá en 2024 y mi mamá en 2025— no paré de escribir. Entiendo que hay una relación enorme entre ellos y lo que escribo.

Hay datos concretos que se pueden rastrear: si mi papá me enseñó a escribir, si mi mamá me enseñó a leer, si ella se ocupaba de conseguirme libros en el pueblo porque no teníamos dinero para comprarlos, si cuando sacaba una buena nota el premio era un libro y no un par de zapatillas. Pero hay algo más, del orden de lo que no se ve, que es lo que hace la literatura: tratar de sacar a la luz las cosas que se esconden de la percepción humana. Los afectos. Algo que solo se puede materializar a través de la palabra.

No conozco el mundo sin ellos. No tenemos una relación perfecta: nos peleamos, nos reclamamos, nos reprochamos. Pero estamos ahí. Y ese misterio me resulta absolutamente literario.

- Llevas doce años en psicoanálisis. ¿Ha cambiado algo?

Llegué sin ganas de vivir al diván de mi analista. Llegué incluso creyendo en la idea de la trascendencia, de ir hacia afuera. En un momento dije: no, lo que hay que hacer es ir hacia adentro. Tengo problemas con el alcohol, no lo puedo resolver por ahora. La última vez que lo hablaba con mi analista me dijo: "Dicen que cuando se toca fondo hay que seguir cavando." Me pareció espectacular. ¿Qué es la literatura sino eso? Ir hasta el fondo y después escarbar un poco más. Creo que mi talento como escritora tiene que ver con eso. Ir un poco más abajo del fondo, en mí y en cualquier afecto.

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"La literatura no tiene por qué tener un propósito" "La literatura no tiene por qué tener un propósito"

- Has dicho varias veces que la literatura es completamente impotente, que no puede penetrar a nadie. Lo ejemplificabas con que se ha escrito Matar un ruiseñor, El Diario de Ana Frank, literatura política de todo tipo, pero los monstruos siguen apareciendo. ¿Para qué escribir entonces?

No tiene por qué tener un propósito. ¿Para qué pintar un cuadro? ¿Para qué hacer una película? Nadie te pide escribir. Nadie pide un libro, nadie pide que un pintor se siente a pintar o que un escultor agarre un trozo de madera y empiece a cincelar. Eso existe porque sí, como existen los templos, como existen los lugares donde ir a bailar. La gente se acerca, los toma, se los lleva a su casa y algo sucede entre ese libro y esa persona. Pero es independiente del autor.

Lo que más me gusta de escribir es ver las palabras sueltas sobre un papel, en mis cuadernos de notas, y empezar a ver cómo se lleva mejor un artículo con un sustantivo, cómo un pronombre con determinada acción, cómo se puede quitar y volver tácitas algunas cuestiones que ya están dichas. No tengo ninguna obligación de hacerlo más que porque me gusta, o porque me duele, o porque me da la gana.

"Hasta ese punto está el fascismo metido en nosotros" "Hasta ese punto está el fascismo metido en nosotros"

- Has dicho que dentro de cada uno hay un fascista. ¿Qué te provoca este mundo con cada vez más liderazgos autoritarios?

Yo hablaba de mi alcoholismo con mi analista y le decía: voy a ganarle a esto, voy a ganar esta pelea, esta batalla, voy a salir oliendo a rosas. Entonces me dice: te estás volviendo fascista. Son todos términos que usa el fascismo: la pelea, la batalla, ganar, salir limpia. Y cuando me lo dice pienso, sí, es verdad. Hasta ese punto está el fascismo metido en nosotros, incluso cuando lidiamos con los problemas más humanos que existen. Porque todos somos adictos a algo. Todos tenemos alguna toxicomanía. No tiene que ver con pisotear al otro: tiene que ver con cómo resolvemos un problema.

- ¿Y el progresismo? ¿No cae también en esa trampa, de otra manera?

El progresismo también es una receta. Hay un poema de Wisawa Szymborska que me parece espectacular, habla sobre el odio: miren qué buen estado tiene el odio, dicen que no produce belleza, vean los resplandores de una bomba al amanecer en el horizonte. Si no reconocemos que hay un costado de maldad que también produce, que también escribe, que también ama, que también cuida, no entendemos nada. Con la película Esperando la carroza: uno podría pensar que la nuera que ya no quiere tener a la suegra en su casa es mala. Pero incluso con su maldad, la está cuidando. Es con vergüenza, es con miedo, es con maldad. Simplemente son emociones.

No me interesa ser vocera del movimiento LGBT para nada. Con esta maldad que tengo, sí me preocupo por las travestis más viejas, sí me interesa su bienestar. No así de los jóvenes, ni de las infancias trans, que es un tema que preocupa mucho al progresismo. A mí me preocupan otras cosas.

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