Hay fechas que son imborrables para un aficionado. El 4 de julio de 2015 en Santiago y el 26 de junio de 2016 en East Rutherford son el mejor ejemplo de esto para los hinchas chilenos.
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Hay fechas que son imborrables para un aficionado. El 4 de julio de 2015 en Santiago y el 26 de junio de 2016 en East Rutherford son el mejor ejemplo de esto para los hinchas chilenos.
Fueron los días en los que La Roja tocó la cima del fútbol, algo que ninguna selección había logrado antes en la historia de la Copa América. Una generación irrepetible, una sinfonía que sonó perfecta sobre el césped durante dos veranos y que, desde entonces, no ha vuelto a afinar ni una sola nota.
Desde aquellos títulos, Chile ha protagonizado un descenso que ya no sorprende, pero que sigue doliendo cuando los recuerdos florecen. Clasificaciones mundialistas fallidas, actuaciones flojas en la Copa América y una selección que parece atrapada entre el recuerdo de su mejor versión y la incapacidad de construir una nueva. El fútbol chileno lleva años siguiéndose desde la distancia por aficionados que ya no ven respuestas en el césped, pero sí las buscan en cada análisis, estadística y plataformas como las mejores casas de apuestas de Chile. Y todos se hacen la misma pregunta: ¿ Qué ha pasado realmente con esa selección de Chile que parecía destinada a dominar el continente?
El diagnóstico más claro, doloroso y honesto es este: Chile no ha sido capaz de generar una nueva hornada de futbolistas al nivel de Vidal, Alexis, Bravo, Medel o Jara. No es que no hayan surgido jugadores con talento, porque sí que lo han hecho; es que no se ha dado un nivel similar en varios jugadores de forma simultánea. Eso, en el fútbol actual, lo es todo.
Hay otro factor que rara vez se menciona: el estilo que llevó a Chile a ganar aquellas dos Copas América era extraordinariamente difícil de replicar. La presión alta, la capacidad para mantener esa intensidad defensiva durante noventa minutos, el juego en bloque y la transición de la defensa al ataque exigían un nivel físico y una comprensión táctica colectiva que Sampaoli construyó durante años de duro trabajo.
Cuando él se fue, sus sucesores heredaron los jugadores, pero no el sistema. Y, sin esa guía al frente, dejaron de ser aquella maquinaria implacable que aplastaba rivales desde que el balón comenzaba a rodar.
Cada nuevo entrenador llegó con su propio modelo e ideas, intentó implementar sus estrategias en muy poco tiempo y fracasó estrepitosamente sin tener tiempo real para trabajar en el equipo. La continuidad, que es un ingrediente clave detrás de cualquier proyecto de éxito en el fútbol, ha brillado por su ausencia en Chile durante casi una década.
La Roja tiene que hacer algo que va mucho más allá de cambiar de entrenador: debe cambiar la estructura. Y eso es algo que va directo a la raíz de este deporte. Hay que aumentar la inversión en formación de base, profesionalizar la liga doméstica y crear un modelo de juego que vaya mas allá de los técnicos de turno. No habrá tanto espectáculo durante un tiempo, pero sí que se conseguirá el impulso para sacar a la selección chilena del pozo en el que lleva atrapada desde 2017.
Los países que han conseguido mantener niveles competitivos sostenidos en el tiempo (Uruguay, sin ir más lejos) lo han hecho apostando por sistemas que sobreviven a sus jugadores estrella, a sus entrenadores y a sus ciclos.
Y el hincha chileno, en el fondo, lo sabe. Sabe que lo de 2015 y 2016 fue una tormenta perfecta. Dos títulos que merecieron ganarse, con una generación que lo dio todo y, más importante, que ya lo ha dado todo. Pero el problema no está en haber perdido ese equipo. Está en no haber construido nada nuevo mientras se le aplaudía.