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El barroco del despojo: Therians, soma algorítmico, y el retorno de las bestias

El reciente estudio de la Universidad de Concepción (junto a la UPLA y la PUCV) sobre juventudes chilenas constata la consolidación de la cultura del "sálvese quien pueda". Ante el abismo, el bienestar individual prima sobre lo comunitario. Así, la nueva "doctrina del shock" ya no necesita la violencia estatal clásica; opera mediante el autoconsentimiento feliz. El espectáculo viral es un "colorido fentanilo digital" por el cual consentimos pasivamente que nos expropien el futuro.
Por Fernando Sagredo Aguayo 20 de febrero de 2026 - 00:00

Hay una disonancia cognitiva que define nuestro presente: mientras el andamiaje material de la clase trabajadora es desmantelado, nuestra atención está secuestrada por el artificio. En Argentina, frente a una reforma laboral agresiva y empobrecedora, la plaza pública virtual no arde en resistencia, sino en estupefacción. El debate que acapara pantallas es el ascenso de los therians: jóvenes que actúan como animales. La tragedia estructural queda sepultada bajo la anécdota bizarra.

Para entender esta parálisis debemos comprender la arquitectura de nuestra alienación. Norbert Bilbeny, en su Moral barroca, recuerda que el barroco es una respuesta psicosocial a la crisis; ante la inestabilidad, la sociedad se refugia en el exceso. Este neobarroco digital opera como un muro de contención contra la angustia real y es el disfraz de lo que Gilles Lipovetsky definió en La era del vacío.

El fenómeno therian sublima ese hiperindividualismo narcisista y apático, donde la única rebeldía es la identidad estética, totalmente desconectada del conflicto de clase. Mientras el sujeto aúlla a una cámara, el poder legisla sobre su salario con frialdad de máquina.

Este es el verdadero "soma" de Huxley en nuestro tiempo. La dominación ya no requiere imponer silencio; le basta la saturación para inhibir la conciencia de las multitudes. Esta claudicación del sujeto histórico tiene una imagen profética en el videoclip Do the Evolution de Pearl Jam: el hombre postrado, babeando frente a la pantalla. Hoy, ese letargo es más íntimo.

Como advertía Baruch Spinoza, la esencia humana es el deseo (conatus), y la trampa radica en juzgar que las cosas son buenas simplemente porque las deseamos. El capitalismo de plataformas pervirtió esta ética: al encerrar al sujeto en el algoritmo, el universalismo se desvanece ante la pulsión individual.

Este letargo no es espontáneo. Históricamente siempre hay un territorio de sacrificio donde el capital ensaya sus horrores. Hoy es la Argentina del reformismo involucionista. Mientras allí arrancan derechos de cuajo, en Chile —ad portas de un ciclo político con simpatías por esa motosierra libertaria— los medios hegemónicos tantean la temperatura del letargo.

El terreno está fertilizado: el reciente estudio de la Universidad de Concepción (junto a la UPLA y la PUCV) sobre juventudes chilenas constata la consolidación de la cultura del "sálvese quien pueda". Ante el abismo, el bienestar individual prima sobre lo comunitario. Así, la nueva "doctrina del shock" ya no necesita la violencia estatal clásica; opera mediante el autoconsentimiento feliz. El espectáculo viral es un "colorido fentanilo digital" por el cual consentimos pasivamente que nos expropien el futuro.

Para enfrentar esta distopía debemos despojarnos de ilusiones. El Leviatán contemporáneo de Hobbes es la arquitectura algorítmica. Las redes no democratizan, como prometía el ingenuo tecno-optimismo escolar; destruyen la deliberación real porque son un medio controlado por quienes pueden pagarlo (no es casual la cumbre de Trump con magnates high tech, ni la servil admiración de Milei por Elon Musk).

Superar esto exige revalorizar la Ilustración y la Razón por sobre el espectáculo. Como advierte el filósofo Yuk Hui, toda técnica porta una "cosmotécnica"; debemos abandonar el mito de su neutralidad y escrutarla como una herramienta de poder.

Es aquí donde la filosofía política decanta en filosofía de la educación. El antídoto no es un efímero "despertar de conciencia", sino un despertar material sostenido. Educar hoy es mantener a las generaciones en alerta frente a la pantalla, reconstruyendo el tejido colectivo y la polis material.

Vistos así, los therians no son vanguardia, sino la materialización de la fantasía de la arquitectura medial y los gobiernos neofascistas: la aniquilación del zoon politikón. Aristóteles advirtió que quien vive fuera de la comunidad política, desprovisto de logos para deliberar sobre lo justo, es una bestia o un dios.

Nos han expropiado el espacio público arrojándonos a la bestia. El therian encarna el paso voluntario del hombre racional al animal; renuncia a su humanidad política para entregarse al algoritmo. Mientras la multitud consume este travestismo, los nuevos emperadores romanos gobiernan sobre un rebaño que, fascinado por sus propios aullidos, olvidó cómo ser ciudadano.

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