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Salud mental y VIH: cómo el estigma debilita las redes de apoyo en Chile

El estigma, la pérdida de espacios comunitarios y el debilitamiento de redes de apoyo afectan la salud mental de quienes viven con VIH en Chile. Especialistas advierten que el autoaislamiento agrava el malestar y que recuperar vínculos colectivos es clave para el bienestar.
Por Horacio Gutiérrez Areyte 3 de diciembre de 2025 - 00:00

La crisis de salud mental que atraviesa Chile no se limita al aumento de diagnósticos ni al malestar individual.

El problema es más profundo: un sistema de salud tensionado, falta de especialistas, largas listas de espera y una carga estructural que dificulta el acceso a atención oportuna.

Para quienes viven con VIH, este escenario se vuelve aún más complejo debido al estigma social que persiste en torno al diagnóstico y que termina influyendo directamente en su bienestar emocional.

Ese estigma se manifiesta en juicios morales, temor al rechazo y una relación frágil con los espacios de salud.

La autoestima, la vida cotidiana y los vínculos sociales quedan atravesados por ideas que históricamente han acompañado al VIH y que continúan presentes, aunque la información disponible y los tratamientos hayan avanzado.

Durante décadas, muchas de estas dificultades se enfrentaron colectivamente. Los grupos de apoyo entre pares ofrecieron contención, conversación y un sentido de pertenencia que fortaleció el cuidado emocional.

En esos espacios se compartían experiencias, se generaban confianzas y se visibilizaban factores sociales que influyen en la salud mental. Sin embargo, en los últimos años ese tejido comunitario ha perdido fuerza.

La pandemia de COVID-19 marcó un punto de quiebre: varias organizaciones que funcionaban dentro de hospitales dejaron de existir y surgieron iniciativas virtuales que, aunque útiles, no reemplazaron completamente la participación presencial.

A esto se suman el desgaste de las organizaciones, la falta de financiamiento y las dificultades de tiempo de quienes intentan sostenerlas.

Un fenómeno especialmente preocupante es la automarginación. Muchas personas optan por no vincularse con otras que viven con VIH por miedo a ser identificadas o estigmatizadas.

Ese retiro debilita las redes de apoyo y refuerza el aislamiento, generando un impacto directo en la salud mental.

Cristian Ortega, psicólogo y doctorante en la Universidad Diego Portales, advierte que el estigma suele internalizarse hasta transformarse en autoestigma, lo que provoca pensamientos ligados a la contaminación, la culpa o la suciedad.

También señala que la decisión de revelar o no el diagnóstico depende del contexto: el silencio puede ser una estrategia de resguardo, pero cuando surge desde la vergüenza, sus efectos pueden ser dañinos a largo plazo.

En este escenario, las redes de apoyo vuelven a ser fundamentales. Recuperar espacios seguros, reconstruir confianzas y apostar por lo colectivo permite enfrentar el estigma y sostener el bienestar emocional en común.

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