En su pequeño pero sustancioso libro El valor de la democracia, nos dice Amartya Sen -Premio Nobel de Ciencias Económicas en 1998 y Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2021- que no basta con concebir al sistema democrático exclusivamente en términos electorales, que la democracia tiene demandas que trascienden el ejercicio del sufragio.
Hay que escuchar a la ciudadanía
En efecto, conocemos países en cuyos regímenes autoritarios los dictadores permiten que los ciudadanos participen de elecciones, las que, finalmente y de acuerdo con las condiciones que se imponen, les son totalmente favorables a ellos mismos.
Para Sen, una democracia verdadera es aquella en que se cultiva una atmósfera de encuentro dialógico libre y abierto de todas las posiciones sobre los asuntos políticos que atañen a la ciudadanía.
Los derechos civiles, especialmente los referidos a la garantía de un debate público amplio en que no se tema a la crítica y al disentimiento, deben ser centrales en los procesos conducentes a elecciones informadas y conscientes. La posibilidad de votar debe combinarse, entonces, con la oportunidad de hablar y escuchar sin miedo a dogmas, prejuicios, censuras ni represiones.
Evoco estas ideas de Amartya Sen en un momento en que, en nuestro país, se necesita más que nunca defender e impulsar el espacio de la comunicación cívica y la discusión ciudadana. Porque en los temas que son relevantes para nuestra convivencia social ninguna voz puede ser despreciada o ignorada.
Y porque cuando se habla de “discusión pública”, de “debate ciudadano” de estos temas relevantes, lo que debe entenderse es el intercambio de ideas entre todos los sectores de la población y no que una caterva de políticos se arrogue el derecho a cocinar exclusivamente entre ellos una lista de propuestas con la mirada puesta en un statu quo que no le afecte sus privilegios ni su cuota de poder.