Los juicios puramente morales, en este caso, podrían resultar algo vagos; una suerte de desprendimiento emocional que nos lance hacia una toma de posición que, aunque puede ser justa, no nos permite dar con algo así como el principio de un hecho que, para efectos de esta columna, es político y de envergadura molar (no molecular).
La torsión
Sería sencillo apuntar a Gabriel Boric y decir simplemente que, cual contorsionista, giró con plasticidad olímpica –y diría definitiva– hacia lo que podría llamarse el significante amo de la política chilena en los últimos 50 años, o al menos uno de ellos. Este significante contiene no sólo la figura de Patricio Aylwin que se monumentalizó en la Plaza de la Ciudadanía (frontis de La Moneda) apuntando la mirada al horizonte y que con piel de bronce extiende sus brazos en un gesto típico, reconciliatorio y puramente transicional, sino que es también una reverencia a los 30 años a los que tanto disparó en la furia de su juventud revolucionaria; esa “sin guitarra”, consignera y callejera que, a esta altura, ya está fosilizada.
El significante, además, se compone de gestos poliédricos que no hacen sino afirmarlo. En esta línea, lo del presidente Boric es, a mi modo de ver, una resuelta afirmación de cara a todo el escandaloso entramado pactista pre y post 73 y con el cual, titubeos más titubeos menos, Aylwin definitivamente se cuadró.
Pareciera ser entonces que el asunto es, sin duda, más complejo, y libera algunas consideraciones sobre el actual Presidente que hace un par de días atrás eran solo intuiciones pero que, ahora, ya se deslizan como certezas, fijaduras, permutas sin remedio y una forma de gestionarse estéticamente que no tiene vuelta atrás y que, a mi juicio, excedió la búsqueda de lo políticamente neutro o de cualquier estrategia convocante.
El supuesto pacto refundacional por un nuevo país que encarnaba Boric no es, desde ningún ángulo, la estrategia de reconciliación de Aylwin. En esto el primero se confunde pensándose a sí mismo como el factótum de la unidad, pasándose de revoluciones y levantado prédicas sobre arenas movedizas que –no es lo que yo quisiera, pero sí lo que puedo constatar– no es otra cosa que un intento descoordinado por acercarse al centro e incluso a la derecha pidiendo casi perdón por haberse atrevido, alguna vez, a sindicar con el dedo a quien hoy se condensa en bronce y se eterniza en un discurso.
En esta dirección es que Boric se esteriliza en sus convicciones y no será, según lo que puedo entender, ese personaje político de altura y con conciencia histórica que parecía anunciarse en algún momento. Cada vez está más lejos de Allende y, como es obvio, más cerca de Aylwin. ¿Qué pasa y qué se juega en toda esta metamorfosis increíble? Bueno, habrá quienes deberán escribir libros o redactar nuevas “historias ocultas” porque el dilema es complejísimo.
No hablaré de la “traición” de Gabriel Boric, no es ni me parece la palabra adecuada, sino de lo “torsión” de un político, el mismo que en búsqueda de un pragmatismo desmedido y una galería mal identificada, se olvidó a golpe de estatua de toda su rampante crítica a la transición que lo caracterizó por más de una década.
No tengo nada en contra de cambiar y tomar posiciones exigidas por un nuevo momentum; puedo entender que desde el megáfono nómade de las alamedas al micrófono estático de La Moneda hay una gran distancia y que el asumir cargos de Estado implica moderaciones de todo tipo, pero lo que vimos la semana pasada excede todo desplazamiento; toda contorsión, voltereta, salto mortal. Y la verdad es que ni siquiera es un desplazamiento, sino algo que no se esperaba, que solo habitaba en lo que no nos podríamos haber figurado nunca, en “lo monstruoso” nos dirá Jacques Derrida –no el sentido de una bestia horrible o gárgolas demoniacas, sino de lo que no tiene forma y que es inimaginable.
El Presidente, en este sentido, fue radical, pero en otra órbita, no en la que nos tenía acostumbrados, al menos, hasta que fuese candidato. Su radicalismo tiene que ver, esta vez, con asumir el vector transicional encarnado y cristalizado, como en nadie, en la figura de Patricio Aylwin.
Es cierto que la situación para el primer Presidente de la resbalosa “Transición” era en extremo compleja y que él hizo, justamente, todo “lo posible” (incluso lo intolerable) por mantener a Pinochet tras la línea roja. Recordemos que en esos años el dictador, con las FF.AA. alineadas tras él en pleno, amenazaba a través de “boinazos”, movimientos itinerantes de tropas, o con frases para el mármol publicadas por El Mercurio y en donde el General, con toda tranquilidad y amparado en la más confortable impunidad, se despachaba joyas como: “El león dormita, pero no duerme”.
No fue fácil para Aylwin, se reconoce y nobleza obliga, asumir que el suyo era un trabajo que requería del fino cálculo de un experto en transacciones y temple de acero para responder a los navajazos de un tirano que gozaba de plena salud. Sin embargo, y considerando que las concesiones de Aylwin a Pinochet pueden haber tenido cemento histórico, lo de Boric es desproporcionado y no consideró el global de una figura que de sombras también supo, y mucho.
Tal como yo lo veo, el actual Presidente se replegó decididamente de la órbita potencialmente refundacional para entrar en la de los “gestos” políticos perforados por el contorsionismo. Y, justo, desplegó la torsión no carburando lo que representó Aylwin en uno de los momentos más amargos de nuestra historia reciente; quizás el más duro, sabiendo –como seguro sabe en su gran conocimiento de la historia de Chile– que el democratacristiano favoreció el sabotaje al gobierno de Allende, que agradeció a las FF.AA. y a Carabineros por su “acción patriótica” inmediatamente después del Golpe y que, también, su partido, fue impulsor de los abyectos pactos con Estados Unidos para dinamitar al gobierno de la Unidad Popular. Esto no lo digo al voleo, es información desclasificada por la CIA, oficial y con valor histórico.
¿Qué homenajeaba Boric? ¿Al famoso Presidente de todos los chilenos, de civiles y militares, o también al pactista? Porque no hay uno sin el otro. Nuestra memoria de celofán no puede conceder que un monumento borre la historia, la verdadera y que desató la espantosa hemorragia de muerte, persecución, torturas y desapariciones y en la que un Presidente del Senado, posteriormente Presidente de la República y hoy estatua, no dudo en levantar el dedo y decir: “de acuerdo”.
En el decir de Deleuze y Guattari, Boric con su homenaje desmedido y artificial olvido, se recupera como una “máquina deseante” (El anti-edipo, 1972); deseante de volver a configurar una conexión con la historia que abandona convicciones profundas para dar paso a la axiomática de la táctica y la consignación transversal de un reconocimiento político. La máquina deseante no es una metáfora, sino que persigue frenéticamente la fermentación extensiva de verdades que se acoplen a otras y, entonces, el relato de Chile alcance algo así como su unidad.
No sé qué queda, si queda, del Gabriel Boric que en su discurso como Presidente electo citaba a Allende y se regocijaba en su memoria. Y no lo sé porque ahora se regocija en la de Aylwin, con una capacidad camaleónica y de torsión excepcional. No había, siento, por qué cruzar la frontera de la dignidad –la suya y la de tantas y tantos que vieron en él la posibilidad de una justicia, una incierta, pero justicia al fin– para entrar en la zona indeterminada, incoherente y sin relato identificable.
Quizás la historia de la política de las permutas le dé la razón, pero por lo pronto y por años, quizás, veremos cómo la estatua de Patricio Aylwin estará en las puertas de La Moneda acogiendo y reconciliando con sus brazos abiertos a “todos los chilenos”. Ahora es la estatua principal, la del “frontis”; la fachada representativa de un Chile que no puede ajustarse a nada estable y que (e independiente de que un joven Presidente venido de los movimientos sociales haya sido metáfora de renovación y brisa fresca destinada a disipar la tradición de contubernio que nos es tan propia), al parecer, no tiene más destino que el que monitorea la contingencia calculista y el imperativo de prevalecer.
Por mientras, en la parte de atrás, en segundo plano y obligada a callar, al rostro de la estatua de Allende le aparece una mueca triste y en sus ojos de bronce, también, se trasluce una decepción.