La historiadora Patricia Arancibia ha publicado un libro notable sobre la vida de la artista Carmen Aldunate Salas (Catalonia, 2020). La obra revela el peso gravitante y opresivo del catolicismo romano en las mujeres de la élite blanca chilena del siglo pasado, un mundo hoy cada vez más extraño e incomprensible. Carmen Aldunate, nacida en 1940, con un lenguaje libre y desenfadado, cómico, de gran artista, logra dibujar la impronta de la Iglesia católica en su ambiente familiar, social, íntimo. Su abuela Adela Edwards Mac Clure, fallecida en 1952, se llevó literalmente la Iglesia para la casa. Tenía allí una capilla donde escuchaba misa diariamente y “recibía a cuanto obispo y cura existente por los alrededores”. En Quintero, la abuela “convidaba a una serie de obispos que alojaban en un ala especial y que había que saludar besándoles el anillo”. Un día los nietos siguieron a la abuela a la iglesia del pueblo para saber de qué se confesaba. “José se puso al otro lado del confesionario para escuchar y me decía: ‘¡Está diciendo que se cagó!’. Imagínate los ataques de risa…”. ¡Vaya confesión! La señora Edwards, con especial pechoñería, “recorría los parques y jardines con su bastón e iba rompiendo los ‘pirulines’ de las estatuas o poniéndoles yeso encima”. Ella se encarga de matricular a la nieta en el Universitario Inglés, establecimiento de monjas españolas muy agradecidas que la abuela les regalara “un enorme crucifijo de plata para la capilla”. Ahí conoció un mundo serio de más. Una religiosa la conmina: “Entre ustedes hay una pecadora que tiene el diablo adentro. Que se levante Carmen Aldunate”. “A los 7 años nos hacían aprender de memoria los siete pecados capitales y las siete virtudes cardinales… Era una pesadilla y yo no entendía nada, ¡imagínate a esa edad!”. En otra oportunidad, estudiando en las Monjas Ursulinas, Carmen camina en medio de una arboleda en el anexo de las religiosas en Maipú. Saca un membrillo y se lo come. Una monja pregunta quién se había robado una fruta. “La palabra robo me dejó helada”. Esa palabra sonaba especialmente grave y altisonante en la familia de la burguesía. La artista recuerda a una tía abuela que vivía diciendo: “Soy Virginia Salas Undurraga, yo nunca me he robado nada, absolutamente nada”. La herencia del colegio: “Un pesado saco de culpas y responsabilidades que me persiguen hasta hoy”. A fines de los años 50 Carmen ingresa a la Escuela de Arte de la Universidad Católica, donde no se permitían los desnudos. La artista se las ingenia para llevar una modelo por su cuenta. Las clases de Cultura Católica las impartía en la UC el rector Alfredo Silva Santiago, prelado poco cuidadoso con los horarios. “Generalmente nos dejaba plantados o se atrasaba más de la cuenta”. Un día optó por no asistir con sus compañeros a la clase de Cultura Católica para continuar con un mural encargado por Mario Carreño, gran profesor de la escuela.
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