Buscando a Rubén Darío por Nicaragua
Pero la señora Lidia que se sienta a mi lado en el minibús a León no piensa eso. Ella se declara sandinista “de verdad” y me cuenta, además de trescientas exquisitas recetas de comida nica que prepararé apenas llegue a casa, que la gente no entiende a Daniel. Que él hace lo mejor que puede; que no hay dinero para todos. Pero que ha dado muchas casas y repartido a los más necesitados. Que ella cree en él. Se ríe cuando le pregunto por el grupo de sandinistas que se oponen a él. Lo que quieren es el poder, me dice. Como todos. Como Daniel, le digo bajito. Pero él ya lo tiene, me responde categórica y vuelve a reír con sus dientes de oro. Lidia ha trabajado como cocinera en Honduras y El Salvador y me explica las diferencias en el vocabulario entre esos países. Aquí se dice así, allá se dice de esa otra manera. Yo intento recordar, aprender. ¿Pero la gente es feliz en Nicaragua?, cómo se me ocurre preguntar algo así. Lidia no se inmuta: mira, las cosas ahora no están tan bien, pero sí, yo estoy feliz. Me habla de sus nietos. De las cosas terribles que lo toco vivir en El Salvador.
De La Legua al Municipal: gran gala folclórica gratuita se celebra en agosto en Teatro Municipal de Santiago
Día Mundial del Perro: el triste origen del 21 de julio y los beneficios de compartir la vida con una mascota
UChileTV y Radio Universidad de Chile vuelven con una nueva temporada de conciertos icónicos y conversaciones inolvidables con lo mejor de la música chilena
Me despido de ella con un apretón de manos. Nos indica cómo llegar a la catedral donde está enterrado Darío. Nos subimos a una camioneta. Siento el calor como si estuviera en una novela de García Márquez. Una mujer a mi lado, bellísima, me mira. Si tuviera diez años menos, imagino (pero no quiero imaginar tanto). Si los sueños de la razón producen monstruos, qué serán capaces de crear los sueños de la fantasía. Corte: llegamos a la catedral protegida por sendos leones. En el interior encuentro la tumba del poeta que se hizo famoso en Chile, en Valparaíso, en 1888, con un librito de poemas y cuentos que después se llamaron modernistas.
Afuera el calor pega aún más fuerte. Y hay más leones y más esculturas que remedan a Darío. Juventud divino tesoro. Yo soy el que ayer no más decía. Canto sonoro. Mi abuelo recitaba a Darío mientras tomaba de la mano a mi abuela. Yo no me atrevo a tomarle la mano, pero largo unos versos igual. Pienso en el león y en su vigilancia eterna, en su tristeza histórica. Y pienso que quizá se trate de un león revolucionario que está esperando tiempos mejores, tiempos en los que la alegría (como el amor) nos devuelve el futuro a nuestro presente.
Pido una cerveza, una Toña, para paliar el calor que se pega a lo que queda de mi alma. Pasa un verso volando. Lo dejo ir.