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José Antonio Kast

El gobierno de José Antonio Kast y la conciencia agradecida

Basta con inyectar en tu intimidad la certeza de que estás perpetuamente a un milímetro del derrumbe absoluto, para que tú mismo abraces la precariedad como si fuera un triunfo personal.

Por Fernando Sagredo Aguayo 27 de marzo de 2026 - 16:45

La administración del miedo contemporáneo ha dejado de ser una simple maquinaria de parálisis o un mero pretexto argumentativo para inflar presupuestos securitarios. Si alguna vez pensamos, siguiendo a Naomi Klein y a los teóricos de biopolítica y control social, que el pánico era el cincel exclusivo con el que el capital fracturaba la resistencia para justificar reformas antipopulares, hoy enfrentamos una mutación más perversa, más sofisticada y, sobre todo, mucho más íntima.

La política del miedo, ensayada y perfeccionada en las últimas décadas, y radicalizada en el Chile actual, ha desarrollado una rentabilidad psicopolítica insospechada: lejos de someter únicamente a través de la amenaza externa o la represión, logra producir, de manera paradójica, subjetividades profundamente agradecidas.

Durante los últimos días, hemos sido testigos de un despliegue retórico tan coordinado como asfixiante. Distintos ministerios e instituciones del Estado han comparecido ante la opinión pública para revelar los perfiles de un supuesto panorama financiero caótico. El presidente José Antonio Kast, mimetizándose al pie de la letra con el guión exitoso del anarcocapitalismo argentino, ha hecho suya la famosa sentencia de Javier Milei: "no hay plata".

Bajo el pretexto de una "emergencia económica", el Ejecutivo ha decretado un tijeretazo horizontal del 3% a los ministerios y proyecta desmembrar el gasto público en hasta 6.000 millones de dólares. El mensaje central que se busca incrustar en el tejido social es el de la inminencia del desastre.

Como bien documentó Héctor Guillén Romo en su análisis sobre la crisis europea, la arquitectura neoliberal suele imponer la austeridad no como una solución técnica –que, sabemos empíricamente por los estudios de Javier Oyarzun, ha fracasado sistemáticamente en resolver las fallas macroeconómicas–, sino fundamentalmente como un disciplinamiento moral. Sin embargo, en la fase actual del experimento chileno tardío, la austeridad no solo es material, sino ontológica. Se ha vuelto, como diría Byung-Chul Han, psicopolítica.

Funciona de la siguiente manera: al situar a la sociedad en un permanente abismo de precariedad a punto de desbordarse, el ciudadano que posee algo –un empleo precarizado, un subsidio escuálido, una vivienda a medio pagar o la cobertura de un programa público que a duras penas sobrevive– es empujado a aferrarse a su condición actual no con resignación crítica, sino con asombrosa gratitud.

La sola idea de que las políticas públicas puedan expandirse, de que la inversión estatal crezca genuinamente, o de que mejoren las condiciones laborales y de vida, se descuenta de inmediato del debate público. Aparece catalogado a priori como un acto delirante e irresponsable ante el abismo. Ya no se piensa en crecer, sino en mantenerse. El miedo y la prolongación indefinida del shock ponen esa vara como el límite intransferible de lo posible.

Como apunta el investigador Dillon Wamsley, al examinar el giro coercitivo de la Gran Bretaña de la austeridad, los recortes drásticos no sólo castigan materialmente a los más vulnerables, sino que "naturalizan la exclusión" como el paisaje inalterable de la realidad sociopolítica. De igual forma, el Observatorio Metropolitano de Madrid (2015) nos recuerda que el gobierno neoliberal de la desigualdad convierte el espacio habitado en "enclaves de riesgo" que hay que proteger desesperadamente de los otros (la securitización del migrante que tan bien capitaliza la ultraderecha regional). En este escenario, quien milagrosamente conserva su acceso a un enclave de modesta tranquilidad es adoctrinado para no pedir absolutamente nada más.

El miedo actúa aquí no como el garrote que golpea (que también existe), sino como el viento helado en el exterior que nos obliga a agradecer la escasa e insuficiente fogata en la que nos calentamos. Es la victoria cultural definitiva del mandato de la austeridad.

Si parte de la izquierda fracasó estratégicamente al leer el ascenso de figuras como José Antonio Kast o Javier Milei catalogándolos en exclusividad como "fascistas", "pinochetistas" o burdos anarcocapitalistas (como se repite, a veces mecánicamente, en la prensa progresista internacional ilustrada por The Guardian) fue porque subestimó esta profunda estructura del sentimiento. El extremismo de derecha contemporáneo no triunfa únicamente manufacturando y vendiendo a un "otro" demonizado (el inmigrante o la "ideología de género"), sino prometiendo resguardar, a golpe de autoritarismo si es necesario, esa mísera fogata que los proyectos emancipatorios parecían dispuestos a poner en riesgo en nombre de abstracciones utópicas o agendas hiper-identitarias, tal como desliza Jorge Fontevecchia al calificar de "encerrona" la ceguera progresista.

El pánico a perder lo ínfimo que se tiene es un afecto mucho más movilizador que la promesa de una emancipación lejana y etérea. Al estudiar los procesos de despojo en comunidades originarias, autoras como Natalia de Marinis nos enseñan que la devastación no es solo material-territorial: "es brutalmente afectiva". El neoliberalismo tardío ha comprendido esa lección a la perfección. No necesita ya arrebatarte todo mediante el uso exclusivo de las armas. Le basta con inyectar en tu intimidad la certeza de que estás perpetuamente a un milímetro del derrumbe absoluto, para que tú mismo abraces la precariedad impuesta como si fuera un triunfo personal.

El corolario de esta estrategia es la clausura total del horizonte político transformador. Se instalan, entonces, conciencias austeras y agradecidas. Sujetos que suspiran de alivio cuando un ministerio anuncia que, gracias a Dios, determinado programa social "logró salvarse del recorte" este año fiscal.

Frente a este panorama, el desafío ético y discursivo contemporáneo ya no es tan solo desarticular las mentiras evidentes de la securitización punitiva ni denunciar el negocio detrás del miedo. La tarea fundamental reside en romper el hechizo de la miseria administrada; negarnos a que el miedo dicte que sobrevivir sea nuestro único proyecto político.

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