Elvira Hernández: La bandera como mordaza

Elvira Hernández: La bandera como mordaza

Por: Elisa Montesinos | 11.09.2018
Hubo un tiempo en que María Teresa Adriasola aún no había adoptado el nombre más corriente y cotidiano de Elvira Hernández para debutar como poeta. Buscaba de alguna manera el anonimato, no llamar la atención y poder escribir tranquila. Sin embargo, ha sido ese nombre con el que justamente comenzó a circular como un secreto bien guardado de la poesía chilena.

Su primer libro, La bandera de Chile, escrita de un tirón tras la detención de su autora, se fotocopió y pegó en paredes acompañando movimientos sociales y protestas. Y así como la bandera se metamorfoseaba en el poema, corría de mano en mano y pasaba de ser izaba a arriada, a convertirse en mordaza y a atestiguar en silencio tantos abusos, Elvira Hernández leía en cuanta lectura hubiera y atravesaba la ciudad interrogándola. Reconocida este año con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, la poeta nacida en Lebu ha transitado desde la escritura de La bandera de Chile a Pájaros desde mi ventana (Editorial Alquimia, 2018), publicando entremedio unos 14 libros, al tiempo que se volvía una poeta de culto. Esto es parte de lo que conversamos con ella la jornada previa al 11 de septiembre:

Elvira

Ya me causa bastantes problemas, porque suelo quedarme debajo de los aviones. Me suelen mandar un pasaje con ese nombre que no tiene carnet de identidad. Lo que escribía tenía que tener un nombre y salió sin darle vueltas. De ni una manera habría sido un nombre como los que se usaban para reemplazar a Neftalí Reyes o Lucila Godoy; nombres que son poéticos. En mi caso creo que correspondía al ser de la poeta. Fue una transición. Lo entiendo cuando veo las cartas que firmaba Gabriela Mistral, en que comenzó no poniendo el nombre completo sino tímidamente una G. Uno escribe con demasiadas cosas que provienen de un depósito verbal inconsciente, como una pesca de arrastre donde va mucho, mucho, mucho, hay cosas tuyas, pero también de otros. Y en la factura finalmente uno se pregunta: ¿esto lo habré escrito yo? Rimbaud lo dice mejor que nadie: el que escribe es otro.

La bandera de Chile

Después de pasar por una cárcel secreta y viviendo todo lo que se vivió en esa época uno se pregunta qué es lo que puede escribir. De hecho hay un corte con lo que escribió la generación anterior. Por lo menos para mí las palabras servían re poco en esa época. Y creo que eso salió quizás como la única respuesta que se le puede dar a un grupo que se ha apoderado del país y que mantiene a un pueblo reprimido: quitarle el símbolo que utilizan para cuestionarlos.

El libro tiene una primera edición que no es chilena, es argentina. Es del 91. Estuvo a punto de ser publicado acá el año 87, pero se cayó la publicación o se quemó en la puerta del horno. Lo conocían porque yo hice algunas lecturas por ahí y también algunas fotocopias puedo haber pasado. Se deben haber publicado retazos por aquí y por allá.

Es situar la reflexión en una zona pública que en esos momentos no era de la incumbencia de la mujer, por esa división de roles. O sea, la mujer se movía en otras áreas vinculadas a la naturaleza, a lo sentimental. Vincularse a un asunto de poder, de manifestación social política no era muy habitual. Sigo sosteniendo que si un hombre hubiera hecho eso habría tenido una resonancia mucho mayor, porque haría resultado atingente a esa expresión pública. Pero para una mujer ha sido de lento reconocimiento.

Departamento de Estudios Humanísticos

Era un departamento pequeñito (al interior de la Universidad de Chile) que no tenía mucha vida universitaria. Hacíamos investigación. Eran clases con grupos muy pequeños. Estaban Eugenia Brito, Gregory Cohen, Brodsky, Gonzalo Muñoz, Soledad Fariña, Álvaro Ruiz, Pepe Cuevas también se asomaba por ese lugar. Llegué en 1975 y estuve hasta el año 82. En esa época en que las universidades se empobrecían, había gente que se atrincheró ahí. Estaban de profesores Nicanor Parra, Enrique Lihn, Cristián Huneeus, Patricio Marchant, Jorge Guzmán, Ronald Kay, que es muy importante, sobre todo para el grupo de Zurita y Diamela (que también estudiaban en el departamento). Zurita fue el primero que publicó, en los años 70´, pero todo el resto prácticamente son publicaciones de los 80´, y lo mío bastante tarde. Ese fue un período de absorción enorme de parte nuestra y de experimentación sin saber mucho qué iba a salir de ahí.

Congreso de literatura feminista, 1987

Escribí para la ocasión y publiqué un cuadernillo que fue el Halley (Arre Halley Arre, 1986), corcheteado, entonces era ya una publicación y tenía ese hacer público impreso que era lo que te daba, si tú quieres, el membrete de escritora. Para mis congéneres pasé a ser escritora.

La escritura es un espacio que ha sido casi el último bastión masculino. La mujer ha logrado avanzar profesionalmente en casi todos los ámbitos de la sociedad, pero a los trabajos que representen una obra escrita no se los reconoce, porque significa otorgarles cierta autoridad. Estoy pensando en Gabriela Mistral a cuya prosa todavía no se le da una mirada. Porque es posible decir que ella es una poeta, pero es más difícil decir que además es una intelectual. Ese otorgamiento de autoridad es lo que cuesta. De hecho la generación del 60´ prácticamente no tenía mujeres. Conversando en una ocasión con Eugenia Echeverría me decía que ella llevaba sus cosas, se las rechazaban y le decían: “nooo Eugenia, tienes que prepararte un poco más”. Entonces claro, era muy difícil. Cuando este congreso de mujeres escritoras se constituye, es importante no solamente para nuestra generación, sino que ahí llega Eugenia Echeverría –yo la conozco ahí– y se acercan mujeres que habían estado postergadas, porque es un momento de rearticulación de esta sociedad totalmente desorganizada a partir de la dictadura.

Escritura inconsciente

Los más jóvenes tienen una gran conciencia. Creo que esa es línea de separación que hay con las generaciones nuevas, que practican la escritura de otra manera, donde el artista como tal es como una suerte proyectista y saben perfectamente adónde van a llegar con la obra. En el caso mío, de pronto me doy cuenta que he empezado algo, pero no sé hasta dónde voy a llegar con eso. Es un proceso de ir reteniendo cosas mentalmente y es como si se llenaran ciertos depósitos que en determinado momento algo los hace explotar y caen, entonces tengo que rápidamente ir a buscar papel y lápiz y trabajar frente a ese derrame. Es como cuando se cocina, tú puedes echar todos los ingredientes y pruebas y le falta algo. Y sorpresivamente, le pones algo y listo, preparado el postre o lo que sea. Un escritor español, de apellido Larrea, que conoció a Huidobro, decía que el hecho de que alguien sea consciente de lo que esté haciendo puede hacer que el guiso se eche a perder. Lo dijo a propósito de Huidobro: de repente Huidobro se dio cuenta de que Altazor era una gran obra, y según su teoría eso hizo que quizás fuera menos espectacular de lo que pudo haber sido, porque Huidobro se dio cuenta que tenía una gran cosa entre manos, que más le hubiese valido si no se hubiera dado cuenta.

Editoriales independientes

Recientemente hice un viaje. Cuando me gané el premio estaba en Escocia, y eso fue gracias a un proyecto de una cartonera, La Joyita Cartonera. Todas estas pequeñas editoriales son proyectos utópicos. Es cierto que el sistema busca que sean pymes, pero ellos están muy relacionados con quienes están escribiendo, es un esfuerzo enorme para darle salida a un trabajo literario que en otras condiciones quedaría muy rezagado. Diría que es lo que está más cerca pasionalmente de la escritura. Me interesa eso, me interesa que les vaya bien.

A vuelo de pájaros

He vuelto siempre al sur, sigo volviendo a Lebu. Si bien es cierto yo ocupo los pájaros, o tengo relación con ellos, esos poemas hablan de mucho más. Los pájaros me permiten un aleteo, si tú quieres, para poder decir un alto de cosas que a mí me interesan. Relacionadas con un pretexto para poder hablar de lo que quizás has estado hablando siempre. En mi caso, de las relaciones humanas

Premios

Nunca he estado pensando que me tienen que reconocer. Este año en 15 días recojo dos premios, el Teillier (Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier) y el Iberoamericano y fue realmente una sorpresa. Hubo algunas postulaciones que se me hizo al Premio Nacional y fue incómodo. Prácticamente exige que tienes que postularte, es como una candidatura política y eso es algo que empuerca la situación. La verdad es que uno tiene que hacer su trabajo y ya. No se puede escribir pensando que con lo que vas a escribir te vas a ganar algo. Porque la escritura te pide otras cosas, y por lo general esas otras cosas suelen desagradar a mucha gente.